Pherein, escrito por Pedro Berenguel Nieto, fue el relato ganador de nuestro Concurso Literario de Infinity el wargame de miniaturas y juego de rol, es un cuento fabuloso.

Teníamos esta deuda con Pedro y le agradecemos su paciencia, este relato fue escogido por los jueces del I Concurso Literario de Infinity the Game. Espero que disfruten esta historia como lo hicimos nosotros y nuestros amigos en Corvus Belli quienes la escogieron como ganadora, cómo es un poco larga para publicarla por aquí lo haré en tres entregas. Sin más les dejo la introducción.

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Pherein

Los humanos se creen invencibles. Desafían a la Muerte reencarnados en sus Cubevac.

Ahora que otras razas han llegado para desafiarlos el destino de la Humanidad parece incierto.

Ocultos en laboratorios secretos los científicos trabajan para deshacerse de sus nuevos enemigos, pero la solución que van a encontrar va a convertirse en su perdición.

Bala a bala, golpe a golpe, palabra a palabra, los protagonistas de esta historia van a tener que luchar atrapados en una trampa mortal sin saber por qué.

No importa quién eres.
No importa tu fuerza.
No importan tus mentiras.
Al final solo importa sobrevivir.

BALAS

— ¡Detrás de ti!

Cha’Shasa le avisa, pero el guardia es muy lento. A pesar del equipamiento reglamentario, dos enemigos consiguen clavarle los dientes entre las placas de grafeno.

“¡Brrrrrt – brrrrrrrrt!”

El subfusil del vigilante herido canta su canción asesina arrancando músculo y hueso con cada bala.

— ¡Cuerpo a tierra!

El grito de Cha’Shasa alerta al resto del grupo. Sus compañeros se tiran al suelo justo cuando la ráfaga barre la zona en la que antes estaban.

El agente cae.

Intenta gritar, pero su propia sangre ahoga el sonido.

“Casi nos mata – piensa ella levantándose -, pero esto todavía no ha terminado.”

Los enemigos continúan llegando, despacio, indolentes, como niebla de carne y hueso. Entran por la puerta, reptan por el suelo, caen desde las ventanas.

— ¿Cómo va eso Jacob?

La pregunta la realiza Drell Swan levantándose también. Es el líder del escuadrón Lobo Negro. Su tono firme resulta tranquilizador.

— Casi lo tengo – responde Jacob desde el rincón más alejado de la sala -. Necesito más tiempo.

— ¡Espabila Jacob! – le apremia ahora Drasan, el otro componente de la escuadra, agarrando una silla metálica con sus manazas.

“Crack – crrrrrick-crack”

Drasan le arranca las patas a la silla como si nada. Es la típica mole de músculos que todo el mundo quiere tener de su parte.

— ¡Toma Drell! – El fortachón le lanza una pata al líder-. ¡Usa esto!

Drell atrapa la improvisada arma con un gruñido mientras Cha’Shasa se une al grupo.

— ¿Quieres la otra? – Drasan le ofrece la otra pata a su camarada -.

Ella la rechaza. Prefiere combatir sin armas.

“Lo que quiero es el brazo que me falta – maldice la guerrera en silencio pues no quiere desanimar a su equipo -. Entonces me sentiría mejor.”

Tiene un brazo cibernético injertado en el lado derecho que, al no estar sincronizado con su cuerpo, cuelga inútil, en cabestrillo.

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“Esto es un jodido lastre – lamenta -. Un peso muerto.”

— Úsalo de escudo – le sugiere el líder adivinando sus preocupaciones -. Está hecho de grafeno reforzado. Aguantará cualquier embate.

Cha’Shasa asiente. Sabe que tiene que sobreponerse al desánimo.

— ¡Reagrupaos! – Ordena Drell -. Proteged a Jacob.

Cha’Shasa, Drasan y Drell retroceden formando un escudo humano en torno al hacker.

— ¡Un minuto! – Jacob está sudando -. ¡Un minuto, lo juro!

Los monstruos dejan de cebarse en los cadáveres que hay por la sala.

Avanzan.

Si esto fuera una peli cutre en 4k del lejano siglo XXI podrían llamarlos zombis. Seres que una vez fueron humanos, que sintieron, que soñaron, transformados en una marea repulsiva de mirada vacua.

“Parecen no-muertos – la guerrera observa como el círculo se va estrechando -. Suponiendo que los muertos descerebrados pudieran activar mecanismos simples, regenerarse, organizar ataques o seguir patrones, claro.”

— ¡Ya vienen!

Cha’Shasa se centra.

“Somos los Lobos Negros – la guerrera encuentra valor en esta idea -. Somos una manada. Somos fuertes.”

— ¡Atacad!

El grito de su líder hace saltar al grupo como un resorte.

Drasan golpea a dos enemigos con la fuerza de un ariete. A uno le arranca la cabeza de cuajo mientras el segundo sale despedido varios metros con una pata de silla incrustada en el cráneo.

Drell hace un barrido con la pierna. Cuando los enemigos caen los apuñala con la pata a modo de pincho, buscando los puntos vitales.

Cha’Shasa empuja a varios usando el brazo artificial como si fuera una rodela. Luego da un paso atrás y comienza a repartir patadas como un demonio.

“Crack” “Crock” “Crack” “Crock”

Sus patadas son letales, parten huesos, dislocan articulaciones, empujan los cuerpos pútridos de las aberraciones contra la fantasmagórica muchedumbre.

Drasan descuartiza a uno. Drell no para de apuñalar. Patadas, puñetazos. Los enemigos siguen avanzando. Los Lobos Negros venden caro cada centímetro cedido.

— ¡Se levantan! – Drell les avisa -. ¡Cuidado, se levantan!

Los Lobos se preparan para proteger a Jacob con sus vidas.

— ¡Diez segundos! – Anuncia él, aunque nadie le ha preguntado -. ¡Diez putos segundos!

Las heridas de los enemigos sanan a ojos vista. En un instante vuelven a apelotonarse con la misma indiferencia testaruda.

Diez segundos pueden ser una eternidad.

La adrenalina fluye por las venas del grupo. Saben que su ímpetu, su energía tiene un límite. Quizás debido a este estado de exaltación la guerrera percibe algo en mitad del caos. Algo que se mueve rápido, escurridizo, por el suelo. Lo busca con la mirada, hasta darse cuenta que está contemplando algo distinto.

Ante sus ojos un guardia abatido se levanta, resucitado, pero su aspecto difiere de los del resto de monstruos. Su postura encorvada resulta amenazante. Sus brazos hinchados acaban en gruesas garras huesudas que semejan puñales.

“Los zombis no evolucionan – Cha’Shasa maldice a esos engendros – Estos despojos son otra cosa, otra cosa mucho más terrible.”

— ¿Habéis visto eso? –Drell les alerta señalando a la nueva aberración -. Cuidado.

Drasan gruñe. Cha’Shasa asiente.

“Sea lo que sea lo que he visto correteando por el suelo, ahora está dentro de ese bicho garraslargas.”

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Ella lo sabe, pero no se atreve a mencionar nada. A fin de cuentas en pocas horas ha visto de todo: drones de seguridad triturados, incapaces de contener la marea monstruosa. Pasillos decorados con vísceras y sangre; despachos hechos trizas; laboratorios arrasados. Fragmentos de imágenes que pasan veloces por la mente de la guerrera.

En mitad de ese vórtice de memorias remezcladas la imagen de unos pocos engendros derritiéndose, disgregándose, desechos como simples cúmulos de sangre polvorienta y tuétano viscoso, resalta sobre las otras.

“Pueden morir – esta súbita certeza aviva su espíritu de lucha -. Hay un modo de matarlos, pero ¿cómo?”

— ¡Atacad! – Ordena su líder -.

No hay tiempo para pensar.

Cha’Shasa revienta más cráneos a patadas, Drell apuñala más cuerpos con su arma improvisada y Drasan repele más monstruos a lo bruto.

El garraslargas les mira. Aparta a varios congéneres cargando, veloz, contra la atónita manada de los Lobos Negros.

— ¡Muere cabrón! – grita Drasan lanzando un golpe demoledor -.

La criatura lo esquiva 4clavando sus garras en el abdomen del hercúleo combatiente. Drasan todavía tiene fuerzas para aferrarla. Drell reacciona también y apuñala al enemigo. La bestia ruge. Tensa sus músculos deformes hasta conseguir atravesar a Drasan de parte a parte. Cha’Shasa se une a Drell golpeando a la bestia donde puede.

— ¡Suéltale cabrón! ¡Suéltale!

La sangre brota por la boca del fortachón en un estallido de agonía, cegando a Drell y Cha’Shasa. Ambos continúan golpeando, a ciegas. El monstruo libera su presa, se gira lanzando un golpe a ambos mientras el cuerpo de Drasan se desmorona.

“Tump”

La prótesis de la guerrera la salva de acabar con los pulmones arrancados. Drell no tiene tanta suerte. El arco del garrazo le impacta en el pecho desgarrando su organismo como si fuera arcilla, matándolo.

Cha’Shasa pierde el equilibrio. Se enjuga la sangre de los ojos. La criatura la olfatea, inmisericorde, vestida de sangre y vísceras, un manto hilvanado con pedazos de sus hermanos de batalla.

Ella desafía al enemigo, mirándole con odio, maldiciendo su mala suerte. Le escupe, es lo único que puede hacer ya, rodeada, sola, derrotada.

En ese último instante de vida se fija en las armas que hay en el suelo. Docenas de armas, armas a su alcance, armas letales que no sirven de nada. Están codificadas genéticamente. Cuando las empuñas, no disparan.

Ironías tecnológicas.

“Odio las armas de fuego – la pena se mezcla con la rabia -. Siempre te traicionan.”

La abominación prepara su garra.

“¡Brrrrrt – brrrrrrrrt!”

Canta de nuevo un combirifle. Una ráfaga descerraja el monstruo enviándolo por los aires.

— ¡Levanta Chasa! – Es la voz de Jacob que la llama por su nombre íntimo, ese que usa cuando están a solas -. ¡Levanta!

“¡Brrrrrt – brrrrrrrrt!”

El hacker barre la zona obligando a la horda a retroceder de nuevo.

“¡Brrrrrt – brrrrrrrrt!”

— ¡Música celestial! – ríe la guerrera al comprender -. ¡Lo has conseguido!

Eufórica se pone en pie recogiendo otro combirifle. Jacob ha hackeado el lector cimático de las armas vinculándolos a los comlogs.

“Tal vez las armas no estén tan mal – ríe ella empuñando el rifle -. Se van a enterar.”

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Usa su brazo sintético como apoyo. Apunta.

“¡Brrrrrt – brrrrrrrrt!”

Juntos los lobos avanzan y disparan.

“Esta noche me lo voy a comer – en un segundo la guerrera ha pasado de la sombría resignación a la alegre determinación -. Si salimos de esta me como a Jacob a besos.”

Patadas, disparos, codazos, armas y balas, balas, balas, muchas balas.

— Siento el retraso ¿Estás bien?

— Luego hablamos – responde ella, imbuida de nuevo por el frenesí sangriento -. ¿Ves la escalera?

— Afirmativo.

— Pues vamos.

El tiroteo prosigue.

La euforia inicial se desvanece pronto. Los lobos no son tontos. La munición no es eterna. Tienen que escapar, tienen que descansar, que trazar un plan. Cada metro, cada paso, es una batalla. No les falta arsenal, pero las abominaciones ya no se comportan como una marea de bobos inconscientes. Se apartan, se escabullen, se regeneran.

“Algunos sí y otros no – la guerrera cae en la cuenta -. No sé qué es. Hay algo que no cuadra. Y esos bultos bajo la piel…”

Jacob la empuja sin querer, la refriega se encrudece a pocos pasos de la escalera. El choque involuntario le desvía el arma provocando que lance una ráfaga sobre el brazo macilento de una abominación.

Sorprendentemente el monstruo se retuerce, cae y se desintegra.

— ¿Pero qué coño…? Tan solo le di en el brazo. ¿Has visto eso Jacob?

Jacob sigue apoyado en ella, disparando.

— ¿Jacob?

Jacob no responde. Suena el inconfundible sonido de munición agotada.

— ¿Jacob? ¡Jacob!

Cha’Shasa se da la vuelta.

Su compañero, su amante, su hermano de batalla, cae al suelo en un charco de sangre. Sus intestinos decoran la escena de forma grotesca. Otro monstruo de aquellos con garras afiladas contempla la ejecución con aparente tranquilidad.

— No. No, no, no, no… ¡No!

Algo se rompe en lo más profundo de su pecho. Algo que desata una ira desconocida. Cha’Shasa dispara. Los monstruos presienten el cambio y se apartan.

— ¡Morid! ¡Morid cabronazos!

Vacía el cargador. El instinto guía su mano pues la mayoría de los impactos destruyen a los monstruos, que se encogen entre espasmos de dolor para luego disgregarse.

“Solo le di en el brazo – se repite a sí misma -. Se desintegró cuando le di en el brazo.”

— ¡Morid! ¡Morid! ¡Morid!

Sin saber cómo recoge otra arma del suelo. Es una pistola Breaker. Ya tiene un pie en la escalera. Comienza a subir mientras dispara.

¡Blam! ¡Blam! ¡Blam!

Por un instante siente el deseo de quedarse, de morir con su manada, de llevarse a todos los que pueda por delante.

¡Blam! ¡Blam! ¡Blam!

Primer escalón, segundo escalón. Un monstruo se encarama tras ella. Lo patea, lo cruje, lo astilla y ¡blam! Lo envía de vuelta a la marabunta por encima de la barandilla.

¡Blam! ¡Blam!… Click-click.

Sube. La puerta a su espalda, la escalera a sus pies. No quedan balas.

Al fondo, donde antes protegieran a Jacob, los cuerpos deformes de Drell y Drasan se yerguen, abotargados, encorvados, con enormes cuchillas en sus brazos deformes, con la mirada transmutada.

Cha’Shasa pulsa el panel de apertura. La puerta se abre tras ella con un leve sonido. Los muertos rezuman, rechinan, sisean.

“El brazo – se está volviendo loca – El brazo, el brazo…”

Le gustaría quedarse a morir. El sentimiento es morboso, seductor, tan poderoso que le atenaza el estómago. Da un paso hacia atrás. Luego otro. Los monstruos comienzan a subir las escaleras. La puerta se cierra delante de ella. Todo está borroso. Todo es extraño hasta que reconoce que está llorando.

La cólera le da fuerzas.

Golpea el panel de cierre con la culata una, dos ¡tres veces! Hasta que lo rompe.

“Tchack”

La puerta se cierra. Una simple puerta, una lámina de grafeno que la separa de los monstruos. Ellos la arañan, mordiendo la superficie metálica pútridos, infectos, resollando como depredadores famélicos.

La guerrera da media vuelta.

Se seca las lágrimas.

Un largo pasillo se extiende ante ella.