Continuamos con Pherein, el cuento ganador de nuestro I Concurso Literario de Infinity the Game, y se pone cada vez mejor, prometiendo un desenlace épico.

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Sin más preámbulos, la segunda parte de este relato escrito por Pedro Berenguel Nieto (@Aenargon):

Pherein

CHARLA

— A ver. Dale otra vez.

Las luces parpadean un par de veces antes de extinguirse de nuevo.

— ¡Maldita sea!

Cha’Shasa grita, agobiada. Las luces de emergencia restantes la hacen parecer un espectro. Impotente, comienza a patear la célula de energía auxiliar.

— No te pongas así por favor – tercia la voz de antes –. Patearla no va a servir de nada.

Cha’Shasa dirige su frustración hacia la propietaria de la voz. Su primer impulso es abofetearla. En cuanto la mira se le pasan las ganas.

“Hay algo en esta chica que me gusta – a la guerrera le extraña -. Y eso no me acaba de gustar.”

— De acuerdo Khali – Cha’Shasa respira hondo, no es momento para suspicacias -. ¿Qué sugieres?

— Como enfermera te sugiero que te calmes – comenta la joven mientras mueve los dedos por el aire tecleando ágilmente en una pantalla holográfica -. Si nos cargamos la única fuente de energía viable nunca podré reactivar tu brazo.

La loba se sienta sobre la célula energética. Se siente mayor, cansada.

— Vuelve a explicarme lo del brazo – pide -.

— ¿No has tenido bastante rollo ya? – sonríe ella -.

— Necesito hacer algo – explica Cha’Shasa -. Hablemos o acabaré golpeando cualquier cosa.

Khali T’vira suelta una risita dulce.

— Vale. Tu brazo es un prototipo único – comienza la joven sin dejar de teclear -. Una combinación avanzada de tecnologías.

— Si la que perdió el brazo fui yo ¿para qué hacer venir a la escuadra entera? – Le corta Cha’Shasa -.

— Ni idea –Khali se encoge de hombros -. Tal vez la intención era probar el prototipo contra expertos en combate. Aquí no tenemos muchos tipos duros, solo drones, científicos y guardias de seguridad.

— Cada vez menos – señala la guerrera frunciendo el ceño -. Esos putos monstruos están arrasándolo todo.

— ¿Estás bien?

— Sí. No te preocupes. Soy una “tipa dura.”

Ambas ríen.

— Continúa con el rollo.

— ¿Por dónde iba…?

— …Tecnologías combinadas.

— ¡Eso! Verás la idea es que las prótesis puedan autorepararse, pero la mayoría de las veces no hay recursos “in situ” necesarios. Reponer grafeno, metal y materia orgánica al mismo tiempo que se mantiene un WetWare estable resulta complicado, por no mencionar que el proceso consume al huésped agotando su metabolismo.

— He visto soldados arrancarse sus propias tripas con uno de estos – Cha’Shasa se da unos toquecitos en la prótesis para recalcarlo -. No me apasiona llevar uno pegado al cuerpo.

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— Como dije, es un tema complicado – continúa la enfermera -. La programación puede corromperse o incluso hackearse… ¡Pero! – hace una pausa dramática -. Este brazo no.

— Porque es un híbrido – recita la guerrera sin ocultar su desagrado -.

— ¡Exacto! Hemos desarrollado una copia fiable de las habilidades simbiontes Tohaa. El software se codifica mediante feromonas. Aunque desencripten los códigos digitales necesitarán sintetizar feromonas concretas para acceder y reprogramar. Por si fuera poco, se necesita una conexión por cable directa y el puerto de enlace queda sellado, totalmente biointegrado, tras la activación.

— Pensaba que las feromonas eran un rollo de esos de olores y sexo.

Khali deja de teclear. Se queda mirando a la soldado con los ojos entornados, mostrando ternura.

— ¡Qué graciosa eres! ¿No te lo han dicho nunca?

— No si querían conservar la dentadura.

— ¡Aix! Perdona…

— Perdóname tú. Es que son muchas cosas que asimilar. El brazo, los monstruos, mi manada…

Se instaura un silencio gélido en el quirófano.

Khali rememora el encuentro con la loba. Estaba sola, huyendo por los corredores, topándose con puertas y más puertas bloqueadas, buscando una salida. La acorralaron en un recodo. Iba a morir a manos de esas criaturas cuando Cha’Shasa apareció. Nunca había visto nada parecido. Los atacó con el arma, con patadas, a empujones ¡a cabezazos! Los destrozó. Sabía dónde golpear para evitar su regeneración.

“Ella también es un monstruo – comprende la enfermera -. Pero de otra clase.”

— Conseguiré que funcione – se atreve a decir pasado un rato -. ¿vale?

Cha’Shasa asiente sombría.

— Oye… dime una cosa – la chica duda antes de proseguir -. ¿Cómo sabías donde golpear?

La guerrera la mira.

— Recordé el mito de Aquiles.

— ¿Y eso?

— Bueno, al principio mis camaradas… – la mujer traga saliva, se atraganta al recordar -. Mis camaradas y yo misma atacábamos a los puntos vitales. ¡Se nos daba genial! ¿Sabes? Los Lobos Negros sabemos dónde golpear. No tardamos en darnos cuenta que no servía de nada. Por cada uno que eliminábamos una docena se levantaba como si tal cosa.

— Por eso los drones resultaban tan ineficaces – comprende la enfermera -.

— Y los guardias – añade la loba – ¡Joder! Es como si todo lo que nos han enseñado no valiera una mierda.

— No imagino lo duro que debe ser eso.

— Duro o no, teníamos que luchar ¿qué otra cosa podíamos hacer? Al final descubrí que si les das en los bultos los destruyen.

— Los bultos esos ¿están siempre en la misma ubicación?

— No. Están en lugares extraños, como el talón de Aquiles. Pueden estar en la cabeza, en la mano, en la rodilla… pero eso lo aprendí después de ver la primera araña.

— ¿Araña?

— Bueno. Llamarlo araña sería demasiado generoso – Cha’Shasa forma una “C” con el dedo índice y el pulgar apoyando sus palabras -. Tienen este tamaño aproximado, son delgadas, casi cilíndricas, con solo cuatro patas y una especie de apéndice o cola – acto seguido pone la mano formando una garra y mueve los dedos deprisa, alternando flexiones y estiramientos -. Se mueven rápido, son escurridizas. Si se juntan dos dentro de un cuerpo se levanta un cabronazo con garras gigantes.

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— ¿Y qué pintan esas arañas en esta historia?

— Pensé que tú me lo dirías. Tú trabajas aquí.

— Bueno – la joven se ruboriza, incómoda -. En realidad soy técnica en sistemas de biomantenimiento especializada en análisis de patrones cibernéticos aplicados a la sincronización del WetWare.

— ¿Y en cristiano?

— Soy fisioterapeuta. ¡Y hacker! Bueno, un poco.

— ¿Intentas que crea que tenéis bichos de estos por ahí correteando y que tú no tienes ni idea de donde han salido?

— Es lamentable, lo sé – la chica se avergüenza -.

— Explícate.

— Es por la seguridad. Cada sección trabaja un aspecto de la investigación por separado, de forma que la mano izquierda no sabe lo que hace la derecha.

— ¿Te burlas de mí?

— ¡Aix! ¡No, no, no! Nada de eso, es solo una expresión.

A Cha’Shasa se le hincha una vena en el cuello.

— Mira, me caes bien, pero mi paciencia tiene un límite. Tengo la sensación de que me estás tomando el pelo.

— ¡Nada de eso! – Por primera vez en mucho rato la chica deja la consola holográfica -. Te juro que es cierto. Cada grupo tiene un jefe de sección. Los jefes de sección tienen acceso a todas las piezas del puzle, se reúnen cada día tres veces, disertan, cotejan, divagan. Los demás nos dedicamos a lo nuestro. Yo soy una currante, nada más.

— Dime algo útil. Por lo menos sabrás donde estamos ¿no?

La joven desea encogerse hasta desaparecer.

— Nos vendan los ojos – confiesa en un hilillo de voz -. Nos tapan los oídos y nos drogan. Cuando te despiertas formas parte de una sección. Os hicieron lo mismo a ti y a los tuyos ¿verdad?

Cha’Shasa asiente.

— ¿Ves? Por lo que sé podríamos estar en una nave espacial gigante, bajo el mar o en mitad de una megalópolis de la Tierra ¡No sé nada!

— ¿Cuánto llevas aquí?

La chica cierra los ojos.

— Un par de años – contesta abriéndolos -. Quizá más.

La guerrera respira hondo.

“Ella es un engranaje de esta máquina absurda – la revelación aplaca su ira -. Lo tienen todo calculado.”

— Por cierto, aún no te he dado las gracias –dice la chica volviendo a teclear -.

— ¿Por qué?

— Por lo de antes, ya sabes. En el corredor. Me salvaste la vida.

—Si quieres agradecérmelo arréglame el brazo.

Pasa un rato.

Khali no deja de pulsar teclas fantasmales, intentando desviar la corriente hacia la célula energética para que arranque. Está sudando. Sabe que cada minuto perdido le acerca a la muerte.

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— Prueba ahora.

La loba se agacha junto a la célula.

— Introduce el código en el panel – solicita la chica -.

— Hecho.

— Levanta el conmutador rojo.

— Hecho.

— Ahora el verde.

— Hecho.

Khali cruza los dedos antes de hablar.

— Ahora pulsa el interruptor.

Las luces parpadean un par de veces antes de extinguirse de nuevo.

— ¡Mierda!

La soldado enfurece. Tiene ganas de destrozarlo todo.

— ¡Espera! – Suplica la enfermera -. ¡Espera!

Las luces parpadean un par de veces más antes de permanecer.

— ¡Bien! – Gritan ambas -.

Un destello de esperanza brilla, fugaz, en sus ojos.

— ¿Lista para volver a tener brazo?

— Lista.

SÓTANO

Los vehículos aminoran la marcha.

— Nos estamos acercando – la voz del capitán suena metálica por el intercomunicador -. Repasemos la misión, soldados.

Los datos llegan en realidad aumentada a los cascos de todos.

— Tenemos dos objetivos: recuperar y sellar.

Ante sus ojos se despliega el mapa de las instalaciones. Un informe adjunto resalta una mujer de aspecto fiero, junto a la cual se lee información de combate.

— Esa es Cha’Shasa – explica el capitán -. Fue enviada junto a su unidad para hacerse con un nuevo prototipo biomecánico y probarlo. Cuando perdimos contacto todavía no lo llevaba activado – otra imagen muestra al resto de componentes de los Lobos Negros tachados con la palabra “muerto” sobre ellos -. Debemos recuperar el prototipo.

— Señor – interrumpe un soldado -. ¿Y si no lo tiene, señor?

— Si no lo tiene lo vamos a tener que buscar, hijo.

— Señor, entendido, señor.

— Bien. Luego está el otro asunto – la imagen tridimensional de una especie de araña sustituye a Cha’Shasa -. Debemos localizar y capturar uno de estos, vivo.

— ¡Señor, sí señor!

El capitán sonríe, pero nadie ve su gesto tras el casco.

— Tendremos que ser rápidos. Todos ustedes llevan en su equipo una jaula de contención. Recuerden el entrenamiento.

Todos practicaron en VR con los discos hexagonales.

— ¿Qué debemos hacer, soldado? – El capitán señala al que tiene sentado delante -.

— ¡Lanzar, activar y atrapar, señor!

— Bien – al líder le complace el entusiasmo. La moral es alta -. Esto es todo. Aniquilaremos a cualquiera que se cruce en nuestro camino dentro de las instalaciones. Luego sellaremos el edificio. La discreción es prioritaria. ¿Sabéis donde nos encontramos?

Respondiendo a la pregunta las paredes del transporte se polarizan, tornándose translúcidas desde el interior, mostrando una megalópolis enorme que todos reconocen.

Enmudecen.

— Tranquilos muchachos. Colocamos las cargas, cerramos los accesos y nos largamos.

Cuando llegan, las fuerzas del orden ya han acordonado la zona, informadas previamente sobre una amenaza terrorista falsa, que al equipo le va de perlas.

Ante ellos el edificio. Un rascacielos normal, lleno de civiles normales evacuados sin saber lo que oculta su sótano.

“Mis chicos también saben lo que tienen que saber – razona el capitán, consolándose -. Pero me hubiera gustado que conocieran la importancia de esto, como los aracnoides reemplazarán a los Cubevac – las puertas de los vehículos se abren y las tropas saltan a la calle -. Serán petacas autosuficientes, se confundirán con la materia orgánica del huésped haciéndolas casi indetectables, podrán moverse, cambiar de lugar dentro del cuerpo, incluso ocultarse fuera parasitando otras formas de vida, a la espera de los Jäger. Cuando funcionen correctamente, claro.”

— Equipos Alpha y Beta desplegaos. Delta, conmigo. Recordad, la plaga no debe llegar a la civilización. Cualquier sujeto que hallemos se considerará hostil y será eliminado ¿entendido?

— ¡Señor, sí señor!

Nota:

Imagen de la publicación tomada del libro de Ariadna de Infinity el juego de rol propiedad de Modiphius, próximamente estaremos reseñándolo, por los momentos pueden revisar nuestras reseñas sobre otros de sus juegos de rol como Star Trek Adventures, Mutant Chronicles o John Carter of Mars, entre otras.