Finalizando la historia de Pherein, cuento ganador del I Concurso Literario de Infinity, no se pierdan el desenlace.

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Agradecemos nuevamente a Pedro Berenguel (@Aenargon) por enviarnos esta excelente historia.

Pherein

GOD HAND

— ¡Ahora!

Khali obedece.

Arranca a correr mientras Cha’Shasa cae sobre dos soldados. Así termina su única ventaja: estar escondidas.

Con un rodillazo desarma a uno. Con su nuevo brazo empotra los sesos del otro contra la pared. Luego ¡crack! Machaca al que queda.

“Carne, hueso, grafeno ¿qué más da? – la guerrera toma una de las armas del suelo antes de buscar cobertura -. Mi brazo ignora sus armaduras.”

Suenan las balas, buscándola. Se parapeta tras unos contenedores metálicos rezando para que aguanten.

Por su parte Khali consigue llegar a la entrada que da a la sala del ascensor.

“Tiene valor para ser una batablanca – la loba respeta su coraje -. Espero vivir para poder decírselo.”

Cha’Shasa aferra el arma robada con la zurda.

Su comlog lleva el programa pirata de Jacob. Tal como hacía siempre el difunto, no se limitó a hackear los códigos que usaban los guardias de seguridad.

“El muy cabrón era el mejor – su recuerdo acelera el pulso de Cha’Shasa, le arrebata el aire del pecho -. Siempre miraba más allá. Le echo tanto de menos.”

Gracias al programa de Jacob los lectores cimáticos de cualquier arma se corrompen. El tiempo que tarda en funcionar depende de la propia arma.

“Plink – plank”

Los proyectiles rebotan alrededor de la loba.

“Concentran el fuego para mantenerme en mi posición mientras me flanquean – aplaude ella a su pesar -. Simple y efectivo.”

Luces verdes en el arma anuncian que ya le pertenece.

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La guerrera se concentra, espera un leve parón, un respiro en la lluvia constante de balas. Luego salta deslizándose por el suelo, disparando.

Corre, corre ¡corre!

“Chasa cuatro, capullos cero – se anima ella desde su nueva cobertura -. Ahora ya saben que tengo armas.”

Khali todavía sigue en la entrada. Oculta entre la portalada y una serie de columnas que hay junto a la puerta espera la oportunidad de escabullirse.

Por su parte Cha’Shasa se ha quedado sin opciones.

En combate cuerpo a cuerpo puede machacar incluso a un grupo de cinco o seis marines de los rudos, pero en aquella situación, sin posibilidad de abandonar la cobertura y sin apoyo, está condenada a morir.

La suerte es caprichosa.

La situación da un giro inesperado cuando irrumpen los monstruos.

Entre los asaltantes hay unos cuantos garraslargas que pronto despachan a los soldados cercanos.

“Al final van a resultar útiles esos demonios – Chasa comprueba el cargador, realiza tres inspiraciones, se prepara -. Espero que la chica también le saque provecho.”

Cuando mira hacia la puerta ella no está.

— Suerte – le desea en voz alta -. Yo te cubro.

Desde el otro lado de la sala el capitán analiza el rumbo de la batalla.

“Los infectados han abierto una brecha – lamenta -. Sin embargo, es una buena oportunidad para conseguir un espécimen vivo.”

— Equipo Alpha ¿cómo van las cargas?

— Aquí líder Alpha. Estamos colocando los últimos explosivos, señor.

— Bien. Beta ¿me reciben?

— Líder Beta al habla, le recibo alto y claro, señor.

— Aléjense de los hostiles. Concentren el ataque en la fugitiva. Necesitamos ese prototipo.

— Señor, sí señor.

— Equipo Delta – el capitán alerta a su unidad -. Iremos a por un aracnoide.

— ¡Entendido, señor!

Chasa nota el cambio.

“Vienen a por mí – comprende -. Veamos de qué están hechos.”

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Clava una rodilla en el suelo. Asoma por la derecha de su cobertura y dispara una ráfaga corta al primero de los soldados. Falla. Dos enemigos le devuelven el fuego. Algunas balas impactan en su brazo robótico rebotando, inofensivas.

Varios garraslargas alcanzan a los soldados, despachando a un par de ellos antes de caer bajo el fuego abrumador de su ofensiva.

Chasa aprovecha para cambiar de posición. Corre agazapada en dirección a los monstruos. De nuevo su brazo le salva de alguna que otra bala.

“Debo interponer algo entre esos mamones y yo. Además, ahora que tengo la prótesis, puedo ahorrar munición luchando cuerpo a cuerpo.”

Patadas contra dentelladas. Puños contra garras. A golpe de culata, de rodilla, de codazo, la loba se entremezcla con la horda.

Explotan granadas a su alrededor, vuela la metralla, incluso algunas armas de energía rocían su fuego en la abominable muchedumbre. La guerrera corre, empuja, aplasta, corre y corre y corre.

El fragor de la contienda la conduce hasta la puerta que da al ascensor.

“Es mi oportunidad”

Corre hacia el ascensor, sin aliento, por eso no ve venir el ataque. La golpean en el costado izquierdo.

”Crack”

El embate la deja sin aire y cae al suelo. Desde abajo busca al agresor. Es un hombretón que empuña una pistola.

“Armadura blanca – observa la loba -. Ahora que lo veo de cerca comprendo muchas cosas. Sin distintivos, sin emblemas. Llevan equipamiento genérico para ocultar su alineamiento. Joder. Si no son de la O-12 poco les falta.”

— Eres muy persistente – le habla el capitán -. He tenido que venir a por ti personalmente. Te felicito.

Antes que ella pueda reaccionar el capitán le apunta.

“Blam-blam”

Se escuchan dos detonaciones. Chasa no cree lo que ven sus ojos…

— ¡Khali!

La joven se ha interpuesto y recibe dos disparos en el pecho que la hacen caer de espaldas.

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— ¡Mierda! –maldice el capitán -.

Chasa saca fuerzas de flaqueza. La muerte de la chica se encadena con la de su amado Jacob, con la de sus hermanos de batalla, con su frustración. Ataca más rápida que nunca, letal. El capitán apenas vislumbra el movimiento. Chasa le arranca la cabeza con un derechazo tremendo, enviándola a volar varios metros con casco y todo.

La misma inercia la hace trastabillar. Se apoya en el suelo. El dolor del costado acude raudo a recordarle lo agotada que está.

Tras ella la joven muerta.

Delante el ascensor.

“Joder – el instinto guía sus siguientes pasos -. No puedo dejar que muera en vano.”

La guerrera se marcha, maltrecha. Tiene que sobrevivir.

No mira atrás. No se atreve.

Desde el centro de la sala Khali la ve subir al ascensor.

La chica vive.

Sonríe.

Nadie se percata de los soldados asesinados junto al ascensor. Nadie ve el detonador en la mano de la enfermera.

Su sonrisa crece.

Sabe que la loba es parte de una trama superior, un puzle binario indetectable tan grande que solo la Inteligencia Evolucionada concibe.

“Nadie sabrá nada – en el interior de la joven reverbera el ego de otro ego más antiguo, como recuerdos atrapados dentro de recuerdos.  -. No hay nada que encontrar si no saben qué buscar.”

Desde las baldosas muestra sus dientes manchados de sangre robada que una vez fue suya.

Ha conseguido que la humana infectada escape, ha cumplido la voluntad de la Gran Mente. La expansión del Continuum está asegurada.

Como Shasvastii suspira, aliviada…

…antes de pulsar el detonador.

Pedro Berenguel Nieto (@Aenargon)

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